Un poquito de HISTÓRIA

Existe conocimiento de Vic desde el siglo IV antes de Cristo, cuando con el nombre de Ausa era el centro de la tribu ibérica de los Ausetanos. Más tarde, con la ocupación romana, se convirtió en ciudad tributaria. Muestra de su importancia es que llegó a ser municipio y que se construyó un Templo en el siglo II en el punto más alto de la ciudad. En el período visigótico, Ausa fue sede episcopal y, concluida la invasión de los sarracenos, la ciudad fue destruida en el año 826 en la revuelta de Aisó contra los partidarios de los francos.

La repoblación de la plana de Vic y la creación del condado de Osona por parte de Wifredo el Velloso en el año 878 posibilitó la reconstrucción de la antigua Ausa, de la cual solamente quedaron los muros del Templo Romano que se habían aprovechado para construir el castillo. La nueva población tomó el nombre de Vicus Ausonae, es decir, arrabal de Ausona, de donde derivó el nombre de Vic. Con la ciudad se restauró la sede episcopal y se construyó la Catedral en la parte baja. El año 1038 el obispo Oliba consagró la catedral románica de la que se han conservado hasta nuestros días, la cripta y el campanario.



La privatización del poder público, propia de la época medieval, contribuyó a que la ciudad de Vic estuviese dividida en dos partidas, una inicialmente bajo la jurisdicción del obispo, el cual la traspasó al rey en 1316, y la otra bajo jurisdicción de los señores del Castillo: los Montcada. Esta división marcará la vida de la ciudad durante la época medieval, que crecerá alrededor de la Catedral, el Castillo y el Mercadal, y se verá rodeada por una muralla con torreones, reconstruida en el siglo XIV. En el año 1450, el rey Alfonso el Magnánimo compró a los descendientes de los Montcada su partida y unificó de este modo la ciudad.

La crisis de la baja edad media, las luchas de las facciones, entre las que destacan las de los nyerros y cadells, y las guerras contra Francia, provocarán que la ciudad entre en un período de estancamiento. La derrota de los partidarios del archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión en 1714 representó un desbarajuste para la ciudad, puesto que se había tomado partido a su favor desde el principio.



La reanimación económica y demográfica del siglo XVIII posibilitó el crecimiento de la ciudad, favoreció la aparición de importantes talleres de escultura y arquitectura y permitió la construcción de numerosos edificios civiles y religiosos, así como de la catedral actual.



Durante el siglo XIX los efectos de la guerra del francés y de las guerras carlistas se sumaron a la crisis económica que representó el traslado de diversas industrias a la cuenca del río Ter. No obstante, la ciudad se recuperó gracias, entre otros factores, al impulso de la construcción y al ferrocarril que unía Vic con Barcelona en el año 1875. En esta época también se produjo un gran resurgimiento cultural con la puesta en marcha del Seminario que recuperaba la tradición de la antigua escuela catedralicia de la época medieval y de la Universidad Literaria de Vic del siglo XVII. Entre los muchos estudiantes del Seminario hay nombres ilustres como el de Jaime Balmes, San Antonio María Claret o Jacinto Verdaguer. Reunidos entorno de asociaciones como el Círculo Literario o l'Esbart de Vic, ellos y muchos otros ayudaron con su obra a que Vic tuviera un papel eminente en el renacimiento literario y político del país.



Después del paréntesis que supuso la Guerra Civil y la posguerra, a mediados del siglo XX, la ciudad ha ido recuperando el peso específico que había tenido tradicionalmente dentro del contexto de Cataluña.



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